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Nací un día martes en el pueblo de Shakurpur, en la provincia de Nueva Delhi, en la India. Pero al quitarme la placenta me dijeron que mis padres vivían en la Ciudad de México, en la colonia Anzures, así que tuve que pedir prestado a unas finísimas personas que se encontraban ahí para poder comprar un boleto de avión para conocer a mis papis. Desde esa temprana fecha arrastro deudas, pues aquellas finísimas personas eran agiotistas y hasta el día de hoy no he terminado de pagarles por los altos réditos que cobran en La India.

Ya en casa de mis padres tuve la oportunidad de conocer las bondades de ser un junior. Me desvelaba cenando Corn Pops viendo en canal 4 la serie de Los Intocables en una televisión de bulbos en blanco y negro, que fue mi primera ventana al mundo, razón por la cual hasta la fecha sigo viendo todo gris y borroso.

Cuando a mis progenitores se les terminó el dinero para seguir manteniendo mi adicción a los Corn Pops, a las pastillas de sabores de importación Sweet Tars y a las cajetitas del Osito Montes, tuvieron una charla muy seria conmigo, nunca olvidaré ese día, creo que era jueves, no sé, no me acuerdo. Me hablaron de temas como la autonomía, la independencia, la revolución y las fábulas de la reproducción de las mariposas. Insistieron que además de atragantarme con los Corn Pops también podía estudiar algo serio o emplearme en cualquier cosa, pero lejos del calor del hogar. Fue así como empaqué mis triques, le devolví el juego de llaves de casa a mi papi y me fui a buscar trabajo a la empresa Kellog’s, pero no tuve suerte, no tenía manos de obrero. Decidí entonces irme a vivir a Acapulco Beach con un amigo, aficionado a los Choco Krispis, un puerto encantador donde los Corn Pops se pegaban como chiclosos dentro de su envoltorio, pero había otras cosas que también se pegaban y resultaron mas divertidas que comer Corn Pops.

Una tarde muy calurosa se me ocurrió que podía ser un buen pintor (una de esas tardes ociosas en la que no hay nada en la tele y a uno le da por pensar) y decidí estudiar la carrera de Artes Plásticas, pero mi necesidad de los Corn Pops seguía latente. Así que un buen día me marché a España, a comprobar a qué sabían los Corn Pops europeos, estaban buenos, para qué les voy a mentir, pero prefiero los nacionales y no es chovinismo.

Hará unos doce años me enamoré del cello, no es ninguna fantasía homosexual, así se le llama el violonchelo, instrumento de cuerdas flotantes. Ahorré con vigor hasta que pude comprarme uno. Una vez que lo tuve recargado en mi clavícula izquierda y el arco en la mano diestra, se me fue el amor y desde ese día descansa en su estuche fabricado en China. ¡Qué a toda madre es cumplir sueños! aunque sirvan de poco.

En síntesis, este es un resumen de mis cuarenta y tantos años de vida, una vida dedicada por completo a la degustación de Corn Pops, narrar el resto de la historia es pura vanidad. Ah, lo olvidaba, también me dedico a la caricatura política desde hace un titipuchal de años, es un oficio complicado, mal visto por la sociedad y el mundillo periodístico, pero me sigue haciendo más feliz degustar un plato rebozado de maíz descascarillado y desgerminado con cúrcuma melaza y mononitrato de tiamina…